El fin de siglo viene precedido por la muerte prematura del rey Alfonso, una regencia de su esposa María Cristina que le dará un hijo póstumo, varón tras dos hijas mayores que no tendrán derecho a la corona, con innumerables cambios de gobiernos, y el pesimismo del orgullo nacional llevado al extremo. Mientras Europa vive al alza con sus nacionalismos convertidos en países nuevos, la grandeza de las Españas se va desmoronado poco a poco, dando lugar al desastre de la profunda depresión social y cultural. En medio de esa brutal vorágine, la fiesta sigue siendo el refugio del pueblo, su necesidad y elemento escapatorio de la inmundicia en la que se vive. Para más inri, el siglo dejará su estela final inmersa en los desastres de Cuba y Filipinas, demostrando que la España iniciada en tiempo de los Austrias tocaba a su fin.
Son los tiempos de grandes matadores y sus cuadrillas, aunténticos lugares de aprendizaje, que van dando forma a lo que será la fiesta actual. También esos últimos cuarenta años del siglo habrán sido los de la normación del festejo, la inclusión del mismo en el ministerio de Gobernación. Esto será la cumplimentación final de los parámetros fiscalizadores que a lo largo del siguiente siglo darán forma legal a todo el entramado taúrico.



Y así, a caballo entre dos siglos, cuando la Fiesta va a recibir sus mayores revoluciones, la frustración de algunos notables sobre la España atrasada en la que viven y el deseo a parecerse a una Europa nueva, sembrarán el germen de la nueva concepción de antitaurinismo. Ya no será porque no es juego para nobles, o porque el humano pueda morir sin su extremaunción. Y aunque sigue la idea económica latente, el retraso del pueblo español respecto a Europa, cada vez más urbanita y obrera, frente a la rural nacional, y la idea de los intelectuales de una España europeizada, nos encontramos, por primera vez en la historia de los detractores de la Fiesta, el componente antitaurino per se, es decir, la aberración del festejo sin obrar otra intención que no sea el sentimiento particular. Esos paladines del animalismo actual, sin embargo, no buscarán la abolición de la Tauromaquia. Simplemente, a título personal, sabedores de su eco social, mostrarán su público rechazo a lo que no aprecian.
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